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jueves, 10 de junio de 2010

Cancioncilla sevillana ( Federico García Lorca) y Amanecía en el naranjel ( Beatriz Santiago)

Cancioncilla sevillana ( Federico García Lorca)

Amanecía
en el naranjel.
Abejitas de oro
buscaban la miel.
¿Dónde estará
la miel?
Está en la flor azul,
Isabel.
En la flor,
del romero aquel.
(Sillita de oro
para el moro.
Silla de oropel
para su mujer.)
Amanecía
en el naranjel.

Amanecía en el naranjel ( Beatriz Santiago)

Estaba Isabel paseando por uno de sus lugares preferidos, el naranjel de su tío Paco. El sol se alzaba poco a poco y ella observaba con atención las flores que habían brotado sobre los macizas ramas de los árboles y que pronto se convertirían en naranjas.

Se sentó en la hierba, húmeda todavía, y suavemente se fue sumergiendo en un ligero sueño. Todo había cambiado de repente, ya no había flores sino naranjas; las abejas no buscaban el polen y los pájaros luchaban por conseguir algo de alimento de los naranjos; casi todos sus familiares estaban recogiendo la cosecha.

Entonces el tío Paco la llamó y la invitó a subirse a la escalera más alta, para coger la naranja más grande y bonita de todo el naranjel. Isabel subió y extendió el brazo, pero no llegaba, se agarró a una rama, pero no podía cogerla. Escuchó a su tío diciendole: - ¡Venga Isabel, qué no llegas!, ¡ Qué no llegas!

Se despertó entonces. El tío Paco iba a llevarle a su clase de piano y si no se ponían en marcha no iban a llegar.

El sol estaba alto y las abejas zumbaban buscando la miel. Había amanecido en el naranjel.

martes, 13 de abril de 2010

El poder de la primavera

Una triste mañana invernal Lucía, inquieta en su cama, decidió levantarse e irse a dar un paseo por el lúgubre y frío bosque que se hallaba cerca de su casa.

Empezó a caminar sin rumbo y se adrentro entre los grandes pinos que formaban el bosque. Cuando se paró un segundo, descubrió que se había perdido. Entonces comenzó a llover. Las densas cascadas de agua iban aumentando por segundos, Lucía no podía más, desfalleció y se sumió en un profundo sueño.

Se despertó y descubrió con enorme asombro que se había convertido en un charco. Lo que no s epodía imaginar era que lo que para ella habían sido unos minutos en realidad habían sido meses enteros. Ya no habñia nubes ni lluvia y lo único que había a su alrededor era una frondosa vegetación repleta de flores primaverales. Tampoco se imaginaba que su rostro había quedado sellado en ese paqueño charco olvidado.

Desesperó, se sentía muy sola. Derrepente oyó unos pasos que hicieron que pusiera cierta confianza sobre el anónimo caminante. Éste, al llegar al lugar donde se encontraba el charco, y al ver en él sellado el rostro de la joven, sintió algo que no pudo expresar con palabras y le dejó una rosa.

Gracias a esta muestra de cariño Lucía volvió a convertirse en humana. Gracias a esa rosa que había florecido en la primavera pudo vivir felizmente junto al hombre que tanto la amaba.



martes, 9 de marzo de 2010

Perdidas en el bosque ( Beatriz Santiago, 2ºB)

Allí estábamos, ella y yo, en medio de la nada. Nos habíamos perdido. El resto del grupo se había alejado y lo peor de todo era que empezaba a anochecer. Era un bosque con grandes pinos y a pesar de no haber mucha humedad en el ambiente, había llovido días atrás y el suelo estaba embarrado.

Eran las siete de la tarde, hacía ya dos horas que andábamos sin descanso y me encontraba con una de las personas más calladas que conocía: Esther Larumbe. La rubita y delgada niña que, siempre en segundo plano, nunca se hacía notar.

Esta vez nos habían puesto de compañeras en la excursión y gracias a mi curiosidad había hecho que nos perdiéramos. Cuando me había parado a cortar una flor extraña para nuestro herbario las demás habían desaparecido.

Teníamos los pantalones mojados, las zapatillas sucias y arañazos insignificantes pero incómodos que hacían que la situación fuera más desagradable aun. Pero no estaba todo perdido. Puedo reconocer que soy una chica urbana, con cierto aire pijo y que no sabe moverse por esos lugares. Pero sabía que Esther, que vivía en Eugui, ese pueblito de perdido de las montañas Navarras, tenía madera de aventurera.

Sacó su brújula y tranquilizándome, empezó a indicarme el camino por el que debíamos seguir. Según nos habían dicho, nuestro destino se encontraba al norte. En media hora habíamos salido del bosque y habíamos encontrado una casita que, posiblemente, significaba nuestro regreso.